miércoles, 18 de junio de 2008
Bitácora de viaje. Parte 1. Día 2.
Día 2. Por el río Lacantún hacia la zona arqueológica del mismo nombre
Tiempo de navegación: 7 horas.
Nos despertamos muy temprano, con nuevas energías para remar muchos kilómetros río abajo. El cielo azul despejado nos anunció otro día de intenso calor y poca corriente. Después de un buen desayuno en nuestro campamento, zarpamos de nuestra bonita playa con algo de tristeza. Pero el sentimiento nos duró poco: ¡nos esperaba otro día de aventuras!
Remamos más de siete horas, descansando a veces y deteniéndonos para admirar los paisajes que va creando la selva, que en algunos puntos nos dejó ver su rostro triste, con algunos incendios y muestras de deforestación. En otros, sin embargo, nos mostró su riqueza y diversidad, con coloridas aves y extraños helechos de enormes hojas.
Antes de que cayera la noche, buscamos otra playa donde descansar y admirar las estrellas. Cenamos pasta, vino tinto y ensalada. Empezábamos a considerar bautizar esta expedición como “la ruta del placer”… porque, claro, no sabíamos lo que nos esperaba más adelante…
Bitácora de viaje. Parte 1. Día 1.
Día 1. Salida desde Las Guacamayas por el río Lacantún
Tiempo de navegación: 3 horas
Hoy inauguramos nuestra tan esperada expedición por el Usumacinta. A pesar de que habíamos decidido zarpar de madrugada, nos tomó varias horas hacer todos los preparativos y dejar las embarcaciones listas, por lo que iniciamos nuestro recorrido a las 13:30 horas por el río Lacantún. Desde el primer instante en que tomamos nuestros lugares y pusimos los remos en el agua, miramos a nuestro alrededor para darnos cuenta de lo frágil y hermosa que es la selva tropical, con sus ríos y canales naturales perforándola por todos lados.
Además del cayuco en el que navegamos por turnos cinco o seis exploradores dispuestos a remar con todas las ganas, nos apoyaron otras cuatro embarcaciones: tres lanchas inflables y un pequeño catamarán inflable con motor.
Lo más valioso de este primer día de expedición fue darnos cuenta de que formamos un gran equipo: todos tuvimos algo que contar, entre experiencias y anécdotas; todos remamos, ayudamos, contamos algún chiste y también guardamos silencio para admirar, oler y escuchar todas las maravillas que ofrece esta selva.
Cuando el cielo se pintó de rojo y violeta, anunciando la caída del sol, encontramos una playita de piedra prácticamente escondida en donde pasar la noche. Allí anclamos las embarcaciones y armamos el campamento donde por fin descansaríamos, no sin antes preparar una cena deliciosa a la luz de la luna llena y tomar unas buenas fotos nocturnas de nuestro cayuco maya. Éste, por cierto, se portó genial: es mucho más estable de lo que pensábamos, ¡además de rápido!
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